La aparición del Creador, la creación del Universo, el equilibrio
Él apareció de ninguna parte. Surgió de la nada. Era el espíritu de toda la energía material e inmaterial, concentración de la naturaleza, creador e inspiración del Universo. El Creador.
Al principio soplaba el viento en el espacio vacío sin conocer camino alguno, sin dirección, pero aun así ya había surgido el viento. Luego sonó música. Era una canción sin notas, sin palabras y sin nombre. Era una canción de la vida, de la vida que nació del vacío. Corría, percibía y se entrelazaba con el viento, sin disolverse, dejando su huella en el espacio que todavía no era mortal. De repente, estalló una chispa. Y luego otra, y otra y otra... Los pequeños puntos centelleantes se volvieron cada vez más grandes, convirtiéndose en un círculo. Y entonces apareció una enorme bola de fuego que respiraba y palpitaba, preparada para desintegrarse en cualquier momento en millones de partículas ardientes. Un instante... y un terrible remolino de viento, música y fuego empezó a dar vueltas en un baile rabioso, en una danza ritual, creando al mismo tiempo un TODO orgánico y diferentes PRINCIPIOS separados. La bola de fuego no estalló, sino que se deshizo en miles de estrellas deslumbrantes, cada una de las cuales arrastraba tras de sí una partícula de aire y de música. Alrededor de cada estrella, como si las hubiera plantado el Creador en el campo del Universo, surgieron las semillas del mundo. Las semillas echaron raíces, se cargaron de energía, se llenaron de alma y se saciaron del alimento del Creador. Todo se creó a partir de una materia, pero cada uno de los mundos era diferente a su manera. Eran vidas independientes, nacidas a partir de la Unidad.
Entonces apareció una gota: humedad vivificante que alimentaba y saciaba al Universo, eran las lágrimas de los mundos y el origen de la fuente. La gota atrajo a otras, constituyendo un remolino de agua que empezó a girar en las palmas del Creador, cascadas abruptas de agua caían como un abrazo sobre el Universo. Las cascadas se convirtieron en océanos, mares, ríos y lagos. El agua cubrió los mundos como una red azul en la que surgió la naturaleza.
Tras crear todo lo material, el Creador insufló al Universo su alma, dotándolo de fuerzas naturales y mágicas. Apareció entonces una magia que no se puede describir o explicar y que se filtró hasta las profundidades del Universo y se escondió, esperando ser extraída en algún momento. Se infiltró en los árboles y en las piedras, se hundió en lo más profundo de los pozos y brotó con las flores. Pero era como si durmiese. De momento... Hasta que ocurriera algo.
El Creador observó todo lo que había creado y se sintió satisfecho de su trabajo y de sus obras. Y dijo, dirigiéndose al Universo y a todos sus seres vivientes: “Respiraré y vosotros repetiréis mi respiración, cantaré y vosotros repetiréis mis canciones... He creado dos ayudantes, dos Guardianes que mantendrán el equilibrio y vosotros los ayudaréis. Desde hoy, ellos serán mis fieles servidores y se convertirán en los verdaderos regentes del Universo. Yo me retiro a la contemplación...”.

Guardianes del Universo. Los Dioses
El Universo (y cada uno de los mundos) está sometido a las leyes del equilibrio, donde la creación no puede existir sin destrucción, las fuerzas oscuras luchan contra las de la luz, el día se convierte en noche y la magia blanca combate contra la negra.
El Creador creó dos Dioses Supremos del Universo: el guardián de la creación Or´Verron y el guardián de la destrucción Tallaar. Los Guardianes estaban dotados de la misma fuerza y no luchaban, sino que mantenían en el universo un equilibrio que garantizaba la existencia de todo lo que había sido creado. Ponían en movimiento el mecanismo del Universo y ampliaban sus límites. El guardián de la creación dio la luz a las estrellas que alumbran los mundos, obligó al viento a que aventara la naturaleza como un abanico. En cambio, el guardián de la destrucción lanzaba truenos y relámpagos para que las lluvias saciaran de humedad todo lo que tuviera vida, producía terremotos que formaron las montañas y las mesetas en la superficie de los mundos... Los fieles ayudantes trabajaron largo tiempo perfeccionando el Universo. Para tener ayuda en el desarrollo de los mundos, crearon a los dioses. Cada uno de ellos recibió su propio poder junto con el dominio de su elemento y se convirtió en señor de la vida y de la muerte.
Laitir, el dios del fuego, tenía un carácter brusco e inconformista. El indomable Laitir podía destruir el mundo entero en apenas unos segundos. Las voraces llamas, sumisas a la voluntad de su amo, devoraban cualquier forma de vida que encontraban en su camino. El señor de las profundidades y dios de la tierra Gradon era un admirador de la belleza y del misterio. Escondía tesoros en las entrañas de la tierra, creaba inusuales piedras y minerales. Las profundidades marítimas, los ríos calmados, los lagos y los rápidos arroyos, todos estaban bajo el dominio del dios del agua Aqualon. Era él quien decidía saciar la tierra de humedad, crear ingeniosas cascadas, o bien enviar olas gigantescas que llevasen muerte y destrucción a la tierra. El aire era el dominio del dios Earit. Los pequeños, inofensivos y tranquilos vientos se convertían en huracanes y tifones, mientras que las hermosas nubes se tornaban negras nubes tormentosas. Earit era el señor de los arroyos aéreos y contaba con la ayuda de los elementales del aire. Cada uno de los dioses de los elementos creaba para sí mismo unos seres similares que eran sus fieles siervos y cumplían todas sus órdenes sin protestar.
Los dioses participaban en la formación de los mundos, en los que habitaban todo tipo de seres. En el universo aparecían grandes monstruos, como los alados dragones que vomitaban fuego, demonios malvados, minotauros, ardientes aves fénix, gólems, centauros y unicornios, gárgolas y basiliscos, grifos y pegasos…
El Universo estaba vivo, respiraba, se desarrollaba…
Gran guerra de los dioses
El tiempo transcurría… Ni rápido, ni lento, simplemente pasaba cambiando el aspecto de los seres y disfrutando de su poder sobre todos los mortales. Dos mentes superiores, dos fuerzas iguales, dos dioses supremos decidían sobre el destino del Universo. Y parecía que seria así para siempre… Pero el gusano de la envidia y la codicia de poder afecta no solo a las mentes y almas de los seres comunes. Incluso los seres superiores pueden sucumbir a su enfermizo poder. Y un día, la soberbia y la codicia de poder envenenaron el interior de Tallaar, y el mal quedó libre…
El Creador creó a los guardianes con el objetivo de mantener el equilibrio en el Universo. Les dio plenos poderes, mientras que él mismo se entregó a la contemplación. Esperaba que sus fieles siervos trabajasen y se entregaran a él y a su obra. Y fue así durante largo tiempo, pero llegó el momento en el que uno de los brazos de la balanza se hacia un lado y el equilibrio se vio perturbado…
Las dotes destructivas de Tallaar nublaban más y más su razón, trayendo más daños que beneficios. Creía que él era el supremo, más fuerte y más dotado que su compañero, se sentía lo suficientemente fuerte como para dominar él solo el Universo: quería establecer su orden, sus leyes, su moral, ¡someter a su voluntad todos los mundos! No deseando compartir más el poder con el Guardián de la Creación, decidió ocupar el lugar del Creador, del único Señor del Universo. El mal salió de su cascarón y extendió sus detestables tentáculos por el núcleo del organismo universal, abatiendo todo cuanto hallaba en su camino.
El poder de Tallaar se incrementaba días tras día. El día del apogeo fue cuando creó nueve Titanes: ¡criaturas gigantes a las que asignó tal poder que podían destruir hasta a los Dioses! Tallaar puso en manos de los titanes un arma de destrucción terrorífica: nueve espadas del Caos. Llevados por el odio, barrieron todo lo que había en su camino, destruyendo el orden impuesto por el Creador, llevando el caos a todos los mundos. La lucha silenciosa de los Guardianes se convirtió en una guerra abierta. En una guerra cuyo final no se podía predecir. En una guerra del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas. Tallaar incorporó a su bando todavía más poder, convirtiendo a los dioses a su fe, haciéndoles cómplices del Caos. ¡Él mismo se convirtió en Caos!
Aquí y allá en el universo estallaban sangrientas luchas entre los adversarios, que resultaron en la pérdida de mundos completos. La lucha de los titanes contra los dioses –los partidarios de Or´Verron–, convirtió el mundo Gluammei en un desierto lleno de cenizas, no dejando ni siquiera la esperanza de que surgiera nueva vida en este lugar bañado de sangre.
Las terroríficas espadas de los titanes destrozaban todo lo que se ponía en su camino. Volaban cabezas, el acero chocaba contra el acero, las almas imperecederas de los Dioses abandonaban el Universo emitiendo un último y desesperado grito de dolor...
En el mundo Zelir lucharon despiadadamente los servidores del caos contra el dios de los mares Sean y el dios del hielo eterno Aistrin. Parecía que este encuentro no iba a finalizar nunca. La superioridad estaba en un bando, luego en otro... Cuando los infames chacales ayudantes de Tallaar sitiaron a los dioses, Sean reunió sus últimas fuerzas e invocó a los espíritus del mar, mientras que Aistrin invocó a los espíritus del hielo. Una gran ola de espuma renegrida se desplomó sobre el mundo e instantáneamente se transformó en hielo, enterrando a los servidores del Caos y transformando el verde y fértil mundo de Zelir en un infierno de hielo.
Los mundos eran destruidos uno tras otro, las estrellas del Universo palidecían, los dioses luchaban guerras interminables, las criaturas estaban condenadas...
El guardián de la creación Or´Verron lanzó una sombría mirada al Universo y solo vio praderas ardiendo, desiertos, frío y oscuridad. Entendió que faltaba poco para que el Caos dominara el Universo y se convirtiera en el único señor todopoderoso. Y entonces Or´Verron convocó a Tallaar a una batalla en la cual se tendría que decidir el destino de todos los mundos.
Dos guardias, dos dioses superiores se enfrentaron cara a cara. Los enemigos se lanzaron el uno contra el otro con una mirada llena de odio y desprecio. Como dos toros con los ojos inyectados en sangre que se preparan para el ataque golpeando el suelo con sus pezuñas, los guardias permanecían el uno frente al otro y esperaban. Esperaban a ver quién daría el primer golpe. “Pierde toda esperanza...” – dijo con voz ronca Tallaar y arrojó al guardián de la creación un nudo de fuego que constaba de cien rayos ardientes. Entonces Or´Verron llamó a los espíritus de los árboles, que durante unos instantes consiguieron envolver a Tallaar en una espesa red de ramas mientras hundían sus fuertes raíces en la tierra. Pero el guardián de la destrucción se escapó de las cadenas de los árboles e hizo caer sobre el enemigo una granizada de piedra con una fuerza tan terrible que exterminó toda la vida en varios kilómetros alrededor del campo de batalla.
Or´Verron se quedó en pie sin siquiera estremecerse. El infame Tallaar seguía mandándole rugientes torrentes de fuego que transformaban en ceniza todo lo que se encontraba en su camino. Sin dudar, Or´Verron reunió toda la fuerza del agua del Universo y lanzó una gigantesca ola sobre el fuego que se ahogó violentamente bajo el torrente de agua. Largo tiempo combatieron los guardias esforzándose en demostrarse mutuamente su poder y su superioridad, pero sus fuerzas eran iguales. Perdieron un poco de fuerza, pero seguían pudiendo tomar decisiones y, en vez de rendirse, aniquilaban prácticamente todo lo que había creado el Creador. Parecía que su lucha iba a prolongarse eternamente...
Y fue así como Or'Verron, gran dios y poderoso guerrero, comprendió que solo cuando él mismo dejara de existir, podría liberar al Universo de Tallaar. Y decidió sacrificarse para salvar al mundo de la destrucción, encaminarse hacia la Nada, donde no podría aplicar su poder, ni gobernar, ni crear, allí donde junto a él, de acuerdo con la ley de equilibrio, Tallaar también quedaría atrapado.
El guardián de la creación tomó la decisión…La única decisión justa en aquel momento. Una decisión gracias a la cual el ganador fue el propio Universo…
Un silencio absoluto envolvió los mundos y todo quedó inmóvil. No se podía oír ningún ruido, nada turbaba el silencio del Universo. Y de pronto surgió un pequeño viento, como si estuviera tanteando el camino tímidamente… De repente comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta convertirse en un peligroso y feroz huracán que cruzaba todo el Universo. El viento soplaba, rugía, gritaba…Y a lo lejos parecían oírse unas palabras pronunciadas en voz baja…
Vive…atormentado…existe…Tú eres, tú serás…Fuerzas celestes, renaced, subordinad la voluntad y el juicio de los seres superiores… Encerradlos con llave y no dejadles ejercer más el poder…Cuando se va uno, también el otro…El equilibrio fue restablecido…
Cuando dejaron de sonar estas palabras, el viento comenzó a girar con una velocidad increíble, creando un gigantesco embudo. Este embudo se abrió como la boca de un monstruo de proporciones gigantescas y absorbió a los dos grandes dioses. Entonces se produjo un gran silencio y el viento desapareció como si nunca hubiera existido. Todo había terminado…